El líder de Massacre habla de ser padre de un adolescente y de cómo egresó de la autodestrucción rockera para lucir su barriga.
Una mañana de sol, la banda tocaba en los estudios de la Rock &
Pop, pose sombría como siempre, y Mario Pergolini preguntaba: "Chicos,
¿quieren que se nuble?". Ahí se dieron cuenta de que eran como Fugazi,
demasiado serios. Desde entonces, para ellos, el rock, sagrado durante
los reinados de John Lennon y Bob Dylan, hoy convertido en fenómeno que
sirve de relleno para festivales esponsoreados, ya no merece tanta
solemnidad. Por eso Walas, el cantante, ya no quiere ser como aquel Ian
Curtis de Joy Division, que se ahorcó en la cocina de su casa en
Manchester a los 23 años, sino este personaje absurdo capaz de subirse
al escenario con sus kilos embutidos en una campera animal print fucsia
y negra, acariciándose sugestivamente la busarda desnuda. Walas, ex
espíritu suicida del rock & roll, ya no copia los excesos de New
York Dolls pero se le atreve al vestuario. El mamut es el nuevo álbum.
Massacre, especie en peligro de extinción, quiere escapar del
underground de culto. Fernando Ruiz Díaz fue la luz al final del túnel
del rock independiente que iba por debajo del oficial. Producido por
Juanchi Baleirón –de Los Pericos–, El mamut encarna un "ahora o nunca",
por eso el arte de tapa es un viejo grabador de los 80 que emerge
sucio, cubierto de tierra. Desenterrado por ese grupo de antropólogos
conocido como retro rock, Massacre hasta parece dispuesto a ser
consumido en masa a la par de los Strokes.
¿Cómo llegaron a la superficie?
Cuando buscamos demasiado adentro, nos pusimos muy amargos. Entonces
le pusimos color a nuestras vidas. Cuando te halagan un poco, vendés
más discos y llevás más gente; cuando aparece una modelito top que dice
"me encanta tu música", te la creés.
¿Ayudó trabajar con tu esposa como manager?
Estoy casado hace quince años. La Tori es mi manager hace unos
siete. Digo que es una pichona de Negra Poli, porque nos llevó hasta
donde estamos. Sin ella nos hubiéramos quedado en la sala tocando
nuestras lindas canciones para nosotros. Es nuestra matriarca, nuestra
terapeuta. Somos una pareja muy unida. Estamos recontra enamorados,
cada vez más.
¿Dónde la conociste?
Nos conocimos en el rock & roll. Yo formaba parte de un grupo de
amigos rekiller: Pocavida, Cadáveres, los que hoy están en Satan
Dealers, She Devils, los primeros que hicieron garage en Argentina,
rock extremo y suicida inspirado en el reviente de New York Dolls.
Fuimos amigos, novios durante algunos años, y después nos casamos.
¿Tienen hijos?
No. Yo tengo un varón de 16 años que se llama Alan, de una pareja
anterior. La mamá vive en España y Alan vive con nosotros. Se dedica a
ser un adolescente divino que busca su identidad. Se pone botas de
plataforma, calzas de leopardo, se pinta los ojos. Hasta hace poco
tenía el pelo dark tipo The Cure y ahora se rapó como skinhead y usa
pantalones militares.
¿Fuiste un padre rockero?
Yo soy hijo de padres separados. Todo lo que hago con Alan es tratar
de no repetir lo que hicieron mis viejos conmigo. Soy hijo de un
músico, amante de los violines y los chelos, que no me daba pelota. Y
de una intelectual, divina, culta, en una casa llena de libros, pero
que tampoco me daba bola. Me crió mi abuela. Mi vieja se murió
estudiando; era una mina que iba a la playa y se llevaba un bolso lleno
de libros en lugar de bronceador y toalla.
¿Cómo conociste a la mamá de Alan?
Yo pertenecía a una tribu de músicos, entre los que estaban los
Casanovas, Los Violadores, que éramos muy amigos de un grupo de
azafatas internacionales,un poco más grandes que nosotros, y entre
ellas estaba la mamá de Alan. Eran azafatas que nos traían discos,
ropa. Tenía 20 años y ella, 25 o 26. Y lo tuvimos a Alan. Ella estaba
en una situación un poco más sólida. Yo no. Recién empezaba mi carrera
artística. Estaba en otra (como mi viejo con sus violines), y no
pensaba en tener un hijo. Hoy sí soy un padrazo que está encima de Alan
permanentemente.
¿Y quiénes eran tus referentes en esa época?
Nuestros ídolos eran antihéroes, los adorábamos, pero tenían
destinos chotos,terminaron mal. Johnny Thunders de los Dolls había
muerto por drogón, pero, antes de morir, vivía vendiendo su colección
de discos. Algo recalcitranteen la zona del perdedor y el no-éxito me
marcaron. Me gustaban Ian Curtis, el loser existencial, y Johnny
Thunders, el punk que vendía sus discos. Jugar a eso en la Argentina es
riesgoso, porque es un país muy fálico, exitista, que te pide ganar, el
gol. No existe el perdedor lindo, tenés que ser el Diego, el de la 10.
¿Cómo era la escena que te vio crecer?
A los triunfadores de entonces no les dábamos bola. Zas, Enanitos
Verdes, grupos que considerábamos caretas. Había una segunda línea, que
recién empezaba –Sumo, Los Twist, Soda, Cadillacs–, y le dábamos pelota
como premio consuelo. En realidad, íbamos a ver grupos de punk rock:
Violadores, Alerta Roja, Laxantes, Comando Suicida, Los Baraja...
Cuando no había recitales punk, íbamos a La Esquina del Sol a ver a
Sumo, Virus o Los Twist. Decíamos que el hardcore era música para gente
resentida que no garcha, música de machos que se meten en un pogo con
más machos transpirados que canalizan una energía que yo,
personalmente, prefiero canalizar con una mina en portaligas. Eramos
más glam. De alguna manera, representábamos a los primeros Metallica,
que andaban en skate y usaban zapatillas Vans. También convocábamos a
punks y skinheads, que armaban unas peleas terribles y había que
esquivar el patrullero.
¿Las peleas en los shows son mito o realidad?
Tocábamos en Arlequines, en Perú al 500. Te asomabas por la ventana
y veías la calle. Tocaba Massacre Palestina y por la ventana veíamos
venir a todo un grupo de heavies al grito de "¡V8, V8!", y del otro
lado, los skins al grito de "¡Oi, Oi, Oi!". Veíamos cómo se encontraban
en la puerta, no pasaba nada, sacaban la entrada y adentro se cagaban a
trompadas. Tengo casetes de aquellos recitales, y siempre se escucha un
"chicos, si se cagan a trompadas no tocamos más".
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